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TERCER DOMINGO DE ADVIENTO 2017

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO      CICLO B     DOMINGO DE GAUDETE

TERCER Domingo Adviento

Estamos hoy en el tercer domingo de Adviento y, como en el pasado domingo, la persona que nos acompaña para encontrar a Jesús en estas fiestas navideñas, es san Juan Baptista.

Era tanta su santidad que algunos decían que era el Mesías, por eso los responsables de Jerusalén enviaron una comisión de sacerdotes y levitas para preguntar a Juan quién era (Jn 1, 19).

Fijémonos en la respuesta de Juan, después de haber dicho que no era el Mesías: Ellos le preguntaron: ‑Pues ¿quién eres? ¿Qué dices de ti mismo? Entonces él, aplicándose las palabras del profeta Isaías, se presentó así: Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad el camino del Señor (Jn 1, 21-23).

Él es La Voz

San Agustín dice que la ‘palabra’ se conoce por la ‘voz’. La voz es lo órgano por el que se nos reconocer la palabra. La voz sin palabras es un sonido que hace daño al oído.

El Señor es la palabra, y Juan es la voz que anuncia al Señor. Juan sabe muy bien quien es Jesús y lo proclama en el desierto. Es un instrumento del cual se sirve Dios para dar a conocer a Jesús.

Juan ha concebido a Jesús en su corazón, y su boca habla de él.

Todos podemos y hemos de ser la voz del Señor. Hemos de hablar de Jesús, especialmente en estas fiestas de Navidad.

Juan es la voz que clama en el desierto y da su fruto, aunque no fuera como se lo esperaba.

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Muchas veces a nosotros también nos da la impresión de que predicamos en el desierto. Los padres que han educado a sus hijos cristianamente ahora ven que no van nunca a misa, o no quieren oír hablar de Dios, se sienten desengañados, culpables y angustiados. ¿Hemos predicado en el desierto?

No, no es así. Todo trabajo, todo esfuerzo da fruto, aunque muchas veces el fruto no lo veamos. Si vuestros hijos son buenos, aunque no sean religiosos, ¿no será debido a la educación cristiana que les habéis dado?

Uno de los pecados de omisión es no hablar de Jesús.

En este tiempo de Adviento, tenemos que preparar nuestro corazón por recibir con alegría al Señor el día de Navidad. San Agustín dice que Juan clama para que Jesús entre en nuestro corazón, pero Él no entrará si no le allanamos el camino.

Allanar el camino es estar siempre alegres. San Pablo dice: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres (Flp 4, 4). Cuando hablamos de preparar con alegría las fiestas de Navidad y celebrarlas solemnemente con el gozo del espíritu, queremos decir que nos referimos a la alegría que se instala en el ápice más fino de nuestro espíritu, allí dónde este gozo entra en comunión con el Espíritu de Dios y es movido por Él. No quiere decir cerrar los ojos a la realidad, sino ponerse en manos de Dios. Ya sabéis, ‘un santo triste es un triste santo’.

Haced una buena confesión. Este Adviento también celebraremos el sacramento de la penitencia comunitaria en nuestra Parroquia.

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Permitidme una anécdota.

Un día, al entrar en la casa de unos amigos, el niño, que tenía tres años, como me conocía, salió corriendo a recibirme dando saltos de alegría, pero la madre le dijo: No toques a Mosén Juan porque vas muy sucio y le ensuciarías.

Yo también os digo. No toquéis al niño Jesús el día de Navidad, si no os limpiáis antes con una buena confesión.

En medio de vosotros está quien no conocéis. Por desgracia hay muchas personas que no conocen a Jesús el Señor, porque no conocen el Evangelio, no hacen oración y no saben ver a Jesús en la persona necesitada espiritual o materialmente.

Muchas veces vemos por la televisión grandes manifestaciones, relacionadas con el problema del paro, la violencia y la seguridad social. Pensando algo, he llegado a la conclusión que en el fondo, existe un problema moral que me ha recordado lo que dice la encíclica Splendor veritatis: "Ante las graves formas de injusticia social y económica, así como la corrupción política que padecen muchos pueblos y naciones, aumenta la reacción de muchas personas oprimidas y humilladas en sus derechos humanos. Más adelante hace referencia a la dignidad de la persona, dice: Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlas, mediante la violencia, a la condición de objeto de consumo, o a una fuente de beneficios.

 

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